La luna de Armstrong y Kubrick

Estoy aquí porque una revista me paga mucho dinero para que escriba un reportaje divertido sobre algo que no tiene ninguna gracia: El Campeonato Anual de Lucha con Fluorescente.

Es un deporte, si se le puede llamar así, cuyas reglas no conllevan demasiada complejidad: seis tipos se encierran en una jaula metálica colocada alrededor de un ring de boxeo, cuyas paredes están repletas de tubos fluorescentes, e intentan noquearse los unos a los otros con ellos.

Los tubos están agrupados en pequeños conjuntos de tres o cuatro unidos por cinta de carrocero marrón. Sobre el celofán aparece serigrafiado el logotipo de la empresa que patrocina el evento. Este año el dudoso honor le corresponde a una multinacional con sede en Tokio que fabrica y distribuye aire acondicionado para todo el planeta.

Cada uno de los seis aspirantes a la victoria debe estallar tantos fluorescentes como le sea posible sobre la cabeza, el torso, los brazos y las piernas del resto de participantes hasta conseguir hacerles perder el conocimiento. Cuando sólo uno de ellos queda en pie, se le nombra ganador de la contienda y acaba el espectáculo...

PRIMER CAPÍTULO

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